miércoles, 9 de noviembre de 2011

De cómo tirar piedras a las obras de Delacroix


Hay veces que los comisarios de las exposiciones se las arreglan para que una serie de obras arrejuntadas, más que reunidas, te dejen un cierto sabor agridulce tirando a rancio. Esa es la sensación con la que he cruzado la puerta de salida de la exposición  “Delacroix (1798-1863)” en el CaixaForum de Madrid.

La republicación de las notas, planfletillos y diarios que el pintor romántico francés escribió a lo largo de su vida ha servido como escusa para traer obras de propios y ajenos a esta sede madrileña donde se pueden contemplar con patente dificultad. La exagerada propaganda que se ha dado al evento ha convertido la exposición en un plato de miel abandonado en una cuadra. Moscas, moscardones y demás especies de insectos raros se arremolinan y revolotean por las caóticas salas regalando pisotones, estornudos y empujones a destajo. Las obras de Delacroix contemplan a la multitud visitante con verdadera incomodidad, sabiendo que no se merecen, y perdonen la expresión, putadas como ésta.



Los lienzos y estudios del artista han sido reunidos con una insensatez que se me antoja deliberada, como para salir del paso, da la sensación de que era un trabajo sucio que desgraciadamente había que hacer y que se llevó a cabo sin ilusión ni gracia. Las obras están organizadas por temáticas un tanto arbitrarias y sin sentido, mezclando churras con merinas y, eso sí, recortando al máximo las cartelas de cada cuadro, que estamos en crisis. De vez en cuando, alguna esquina te sorprende con un desubicado texto bilingüe a modo de chascarrillo, anécdota o característica simplista del artista, si bien un par o tres de ideas interesantes se pueden sacar de ellos, no voy a negarlo.

Lo más –y quizás único– interesante de la exposición son sin duda las propias obras, ante las que convendría estar más tiempo del que la marabunta de turistas consiente. Eso sí, a una distancia razonable, que he visto algunos que hubieran necesitado los mejores prismáticos del mercado para ver la obra y otros que parecían creer en una exótica capacidad de las obras para arreglar el cutis si éste se frota contra ellas. Mantengamos la distancia de seguridad, por favor.

Volviendo a las obras, es de lo que menos tengo que hablar ya que nadie duda de la capacidad y calidad artística de Delacroix y, en cambio, yo dudo mucho de poder dar una idea de ella con palabras. No puedo sino destacar el baño de color, de violencia, de movimiento, de fuerza y expresividad, que cada una te provoca. Retazos de contemporaneidad se sienten en los gestos, algunos bellamente ensimismados, y sobretodo en los bocetos, que tanto gustaban al propio artista y hoy maravillan a todo el que se coloca ante sus obras. Todo ello, envuelto en una atmósfera de vida en la que siempre está presente la guadaña de la muerte.

Se echan en falta, eso sí, obras de otros artistas que acompañen en este camino mal dibujado al pobre Delacroix. En ciertos momentos hubiera venido muy bien la presencia de alguna obra –y bienvenida sería aunque fuera de poco empaque– de Rubens, Chardin, Ingres o Matisse, para poder entender verdaderamente bien al protagonista de este viaje.

La pintura de Delacroix es un violento suspiro antes de la defunción y en esta exposición la puesta en escena de los lienzos impide llegar a sentirlo. Tienes que olvidar marcos, paredes, salas, incómodos visitantes, textos poco oportunos y cartelas casi vacías, para poder disfrutar por un segundo de las propias obras, que, como digo, son lo único positivo de una exposición poco afortunada.

Pablo Aparicio Resco

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